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Bitácora de Martha Cecilia Ruiz

La sinceridad, más que un bolero para talleres de Planificación Estratégica de la Comunicación

Por Martha C. Ruiz

“Ser sincero, es ser potente”
Rubén Darío

Para hablar de cambio social de comportamiento, siempre conviene recordar los propios cambios. ¿Cuándo y porqué dejé una práctica y asumí otra? Antes de diseñar la super estrategia de comunicación que cambiará la idea de madres y padres sobre enviar o no a sus hijas e hijas a la escuela, debo examinar qué opera en mí cuando decido invertir en la educación de mis propias hijas o en la mía. Y es ahí donde la cosa se complica, pues el cuestionamiento llegará incluso al significado de la maternidad, los roles y las responsabilidad sociales, mis prioridades de inversión, mis recuerdos de infancia, los ingresos familiares y la idea de futuro que tengo. Sin darme cuenta, esa decisión traspasa muchas de mis representaciones sociales. Y no exagero.

Entonces, antes de verme como una comunicadora o una facilitadora de procesos de planificación estratégica de la comunicación (PECE), me conviene recordar que cuando he cambiado un comportamiento, no lo he hecho sola: ha participado el entorno, las redes de apoyo, los servicios a mi alcance, las normativas y por supuesto, mis sentimientos. Los cambios, no son lineales, ni permanentes,  tampoco son iguales de una persona a otra, y no lo serían aun tratándose de mí,  en ambientes y épocas diferentes.  Y debo tenerlo presente antes de entrar al salón con las y los participantes que arriban al taller, llenos de ilusión tras una estrategia que resuelva un problema de violación a los derechos humanos, casi siempre de mujeres, niñas y niños.

A partir de esa premisa,  me conviene sincerarme conmigo misma desde el comienzo y recordar que: no por instalar el servicio de agua potable en una comunidad,  la población cambiará sus hábitos higiénicos, no por explicar las bondades de la lactancia materna, más padres acompañarán a las madres  para garantizar un amamantamiento exclusivo. Por mucho esquema “conocimiento-actitudes-prácticas” que hayamos analizado desde el escritorio.

Cada participante en el taller podrá recordar infinidad de anécdotas sobre cuando trataron de bajar de peso o eliminar el castigo físico en contra de  hijos e hijas. Y esto es lo sabroso de esta metodología, reconocer que la gente es la experta en sus propias vidas y problemas, nadie es más experta en adolescencia que las y los adolescentes mismos, y nadie más experta en la comunidades nicaribeñas que la gente del Caribe, por ejemplo.

Volviendo al tema de los cambios, a veces se trata de hábitos aparentemente sencillos como el lavado de manos, en otras tiene que ver con asuntos más profundos como mandatos socioculturales sobre las relaciones sexuales. El aspecto común es que para el cambio que sea,  siempre habrá barreras y facilitadores que empujarán o frenarán la propuesta de transformación definida por las y los participantes (antes público meta) para alcanzar esa vida plena a la que tenemos derecho.

Algunas veces serán las leyes, en otra,  la falta de infraestructura, los prejuicios, los modelos de coordinación local o el sólo reconocimiento o rechazo comunitario a una práctica,  lo que empujará o impedirá el cambio de las personas y de los grupos.

Si una es lo suficientemente histriónica para armarse un monólogo sobre las cosas que la mente, la familia y el vecindario procesa cada vez que decidimos cambiar, podrá graficar y revivir  mucho durante la presentación del tema , incluso es probable que en el receso alguien se acerque y nos dé un consejito para superar el problema. Sin embargo, dejando a un lado la teatralidad, lo anecdótico resulta trascendental en este momento del taller y de la planificación.

Entender que nuestro papel de facilitadoras y facilitadores, es acompañar el reconocimiento de las trabas y las oportunidades con la que todas las personas nos encontramos para cada cambio, escuchar a cada grupo que -papel en mano- se propone descifrar elementos claves para cambiar su realidad, dejar a un lado  temores, pose y prejuicios y decir ¡los cambios son difíciles caramba, pero no imposibles!



... y la esperanza de los dos (organzadores y participantes) es la sinceridad.

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